martes, 25 de enero de 2011

LA ODISEA DE LA DIVERSIDAD (9, 10 y 11 de octubre del 2010)

Proyecto premiado por el Fondo Concursable para la Cultura - MEC
 
Fuimos para encontrarnos y discutir distintos episodios con los diferentes actores, ahora por separado...concientes de que La Otra Odisea es un elemento más en esa enorme diversidad de la Laguna y su gente...
Fue una experiencia muy transformadora... esa es la palabra más exacta. Y empezó antes de ir a Rocha en realidad, porque tuvimos la oportunidad de charlar largamente con Néstor, el guardaparques de la Riviera, que se reunió con nosotros antes de irse para Argentina, a un curso para guardaparques de latinoamérica que duraría dos meses. La visión de Néstor sobre la laguna y la novela, así como después la de Javier, María Clara, Héctor, Andrés y Bea, fue para nosotros conocer, tocar, piezas de un puzzle difícil y hermosísimo, algunas luminosas y otras oscuras, piezas de todos los colores.
Esta vez fuimos en ómnibus y alquilamos una moto en La Paloma para movernos entre el Pueblo, 
 
La Paloma y La Riviera, ya que la cabaña de Nestor fue el rincón al que volver en esos días.
Hubo muy buenos encuentros, y uno de ellos, sobre todo, absolutamente inesperado. Primero  (y otra vez gracias a María Clara) nos contactamos con Flora (subdirectora del Liceo de La Paloma) y con Marcela (maestra de la escuela). La reunión fue en el liceo, y "La Otra Odisea" empezó a navegar hacia la posiblidad de charlas y talleres con docentes y estudiantes previos al lanzamiento en julio. Un desafío impresionante que ya estábamos preparandonos para compartir con los docentes del Liceo Nº9 en noviembre. Ese día los estudiantes habían organizado una venta de canelones... así que el almuerzo estuvo decidido apenas nos enteramos.
Esperando a María Clara en la inmobiliaria antes de ir a su casa (donde nos esperaba el cálido y especial Iñaqui, su sobrino), conocimos a Quique, productor que tiene su campo integramente dentro del área protegida y que, despacio, y como quien no quiere la cosa, fue desgranando historias y anécdotas para nosotros mientras tomaba su café. El nos habló de "un personaje" que, según dijo, si queríamos contar historias de la Laguna, no podíamos dejar de conocer. Nelson Verde, el primer guardaparques de la Laguna... aunque no es esa la palabra que él usa para definirse. El se llama "guardafauna". Y otra vez las "casualidades"... Hacía muchos años se había ido a vivir a Colonia, Quique no había sabido nada de él durante mucho tiempo. Hacía unos meses le habían dicho que estaba de vuelta por Rocha, y hacía tres o cuatro días había estado en su casa... O sea, podíamos conocer a ese personaje a quien, en realidad, Quique definió como "un ser muy especial... muy espiritual...".
Al otro día Quique nos llevó a visitar a Nelson. Nos recibió en su casita, con su perro enorme y amarillo y una perra que, según dijo, no era de él... era del perro. El sólo le había empezado a dar de comer porque sus dueños la habían abandonado, era uno de esos animales molestos, ladradores, nos dijo...Increíble si uno miraba ese animal de ojos mansos que se arrolló en un sillón y cada tanto movía la cola, como apoyando la historia que Nelson nos contaba. "Según parece le faltaba cariño, che... y ahí está, yo le doy de comer, él (el perro) la cuida, ella lo mima un poco, y no le pongo nombre porque no es mía, el nombre se lo tendría que poner él..".(y se ríe señalando al perro que se echa con el hocico bien cerca de sus pies).Nelson nos contó que fue de visita a la Laguna... y no volvió a Rocha... se quedó en la Laguna más de cuarenta años. Se hizo una casita entre unos árboles, el viento fue levantando la arena y formando, con el pasar de los años una enorme duna que rodeaba la casa... como un nido, como un refugio decía él. Nos contó muchas de sus experiencias en la Laguna, algunas muy duras. Pero hablaba con una serenidad pasmosa, con la calma de alguien que se siente tranquilo con su historia y con sus tiempos, con él mismo...Habló de la soledad, una soledad buscada para escuchar a la naturaleza y sus ritmos, su equilibrio... Imposible no recordar, mientras lo escuchábamos hablar, el inicio de la segunda aventura del Vagabundo: "A veces la soledad puede ser un enemigo..." Nelson hablaba exactamente de lo contrario, de buscarse y encontrarse en medio de esa soledad, de adueñarse de si mismo... Pero no había nada místico en su actitud, era raro, pero nada más simple y cotidiano que ese viejo de 82 años hablando de su forma de concebir la vida, asi, entre los bizcochos y la tardecita. Quique se fue a llevar a su casa a su hija y una amiga que nos habían acompañado a conocer a Verde, de quién también, seguramente, habían sentido hablar. Nelson nos dijo entonces que escribía poesía, pero para él, nunca había querido y seguía sin querer publicar,  sin necesitar que otros lo leyeran... Nos dijo un poema de memoria, un poema cortito que según él resumía su experiencia en la Laguna... no lo grabamos, obviamente, el poema era para que lo escucháramos esa vez, esa nochecita... y hoy los dos tenemos como retazos de esos versos, impresiones, huellas... como las que él decía haber visto en el poema. En un momento, antes de que llegara Quique a buscarnos, se levantó para ir al baño y así, como al pasar, hizo un comentario: " A ustedes que escriben y dibujan les debe pasar... yo creo que uno escribe aquello  que quiere ser, como un deseo, una intuición del futuro no? Y uno termina siendo eso que escribió..." Se fue al baño arrastrando sus chinelas y nosotros pensamos en El Vagabundo escribujado y en lo que ahora éramos, navegando la otra odisea...No hay mucho más para decir...
Antes de conocer a Verde habíamos ido a visitar a Héctor Caymaris, el gardaparque. Su casa está del otro lado de la Laguna, y Andrés y Bea arreglaron para que pudiéramos cruzar en una barca, así que tuvimos otra vez la experiencia de navegar el espejo de agua. Héctor nos esperaba en un cuatriciclo y allá fuimos los tres y nuestras mochilas, amontonados sobre ruedas y conversando mientras avanzábamos entre el mar y la Laguna de las Nutrias.
 En la casa de Héctor estaban Verónica, su compañera, y Jazmin, su hija... y sus dos perros... la versión canina del oxymoron. Ralfi era un rodwailer  y William una cruza de chiuaua seguramente con ratón... un dúo realmente increíble que nos acompañó durante toda la charla en actitudes absolutamente opuestas a su tamaño: Ralfi en busca de mimos y el pequeño William haciendo constantes acotaciones como para que no nos olvidáramos que estaba presente.
Con Héctor hablamos de la situación en la Laguna, de los cambios, de las nuevas perspectivas ahora que efectivamente es una de las áreas protegidas y leímos juntos el episodio de la persecución a los cazadores, para ajustarlo a sus experiencias. Aunque la ficción tiene algunas necesidades y posibilidades que jamás podrían darse en la realidad: Héctor nos planteaba que lo primero es, si se realiza una persecución y habiendo, obviamente, armas de por medio, alejar del peligro a cualquier visitante... Pero Agustín es uno de nuestros narradores, y si no estaba presente, no iba a poder recordarlo y contarlo... Así que en la novela Horacio deja que Agustín lo acompañe... cosa que Héctor jamás haría.
Le agradecimos a Héctor la charla, el mate, la Guaraná helada con la que Verónica nos invitó y el rato de lectura de cuentos infantiles con Jazmín, un disfrute que no estaba previsto. Volvimos caminando de nuevo a la Laguna, un largo camino al sol, descubriendo insectos, tratando de ver la familia de carpinchos que se ve que había decidido mudarse y observados todo el tiempo por esa mirada extrañamente reflexiva de las vacas.
Esperamos a Andrés en la orilla, mientras veíamos las raras batallas de los cangrejos.
Nos esperaba un almuerzo delicioso de pescado frito y un arroz que Bea había preparado con cebollita, morrón y roncadera.
 En la tarde Guille jugó al fútbol con Santiago y otros pescadores un rato... algo así como diez minutos. Después nos fuimos al mar, y vimos las ballenas ahí nomás, resoplando y dejando asomar al sol sus enormes lomos, sus aletas brillantes.
Ayudamos a Bea a sacar la pulpa de sirí, y de paso, instruídos por Lucas, comimos la carnecita de las patas del cangrejo... una delicia...  casi era imposible parar de comer.
Nos despedimos sin despedirnos, como cada vez que nos vamos del pueblo. Sabemos que estamos volviendo... uno siempre vuelve si encontro "un lugar en el mundo".

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